martes, 25 de febrero de 2014

Solución extrema





En el recinto de la asamblea, la discusión era acalorada. La superpoblación mundial alcanzaría su pico máximo el 31 de octubre de 20011 y las fuentes alimenticias eran insuficientes para saciar el hambre de toda la población. Se habían propuesto cientos de sugerencias: guerras provocadas, suicidio masivo inducido por líderes de sectas espirituales, exaltación de la antropofagia, liberar a los presos de las cárceles.
Por fin, uno de los representantes sugirió: —Estimulemos la creación de nuevas redes sociales en Internet.
 —Pedazo de estúpido, Internet ya está saturado de redes sociales, ¿Qué clase de solución es esa?
—Sí, existen, pero hasta el día de hoy las opciones son “me gusta” y “comentar”. Yo propongo un nuevo sitio, que brinde al usuario una tecnología más avanzada, con opciones que oscilen desde el actual “bloqueo” hasta “te corto una mano”, “te serrucho el piso”, “eliminación total”. Todas vendrían acompañadas por herramientas virtuales, lo único real serían los muertos, por supuesto.


 Este cuento salió publicado en el blog:

domingo, 16 de febrero de 2014

Estar


Estar en el instante.

Ahora.

Ser soplo de viento,
caricia,
sonrisa.

Saborear el rayo del sol
y sentirse luz,
esperanza,
sueño,

y con la brisa,
volver a volar.

lunes, 10 de febrero de 2014

Presentación de la Antología "Todo el país en un libro", Selección de Sergio Gaut vel Hartman



Esta Antología, de Editorial Desde la Gente, en la que participan escritores de toda la Argentina, es obra del escritor y antólogo Sergio Gaut vel Hartman.
El libro, en el que ha sido incluida una de mis micro-ficciones, será presentado el día
18 de marzo en la Ciudad de Buenos Aires.

Cuentos en “Todo el país en un libro” 
Prólogo - Sergio Gaut vel Hartman
Flash - Elena Alarcón
Crisálida - Marisa Alvez
Certeza - Sergio Alvez
Volver – Esther Andradi
Otra vez sopa - Verónica Arriaran Sanz
La santa del desierto, Adela y yo - Armando Azeglio
Las formas de las nubes - María Gimena Barboza Dri
Ensayo de los ciegos silbadores - Raquel Barrionuevo
El nuevo nombre - Fernando Belottini
¡Toc Toc! - José Luis Bocchero
Silla y mate - Sebastián Borkoski
El muro - Héctor Cabot
La empleada municipal y sus cuatro dragones - Miriam Cairo
Tramas - Ricardo Castrilli
El oriental Crevani, herido, se encamina al boliche de El carbón, y de la muerte - Héctor W. Cazenave
La siesta -Sandro Walter Centurión
La caja de pastillas - Julia Rita Chaktoura
Dúplex - Horacio Convertini
El pasajero de la sombra - Lucía Amanda Coria
Navaja infernal - María Ester Correa Dutari
Nocturno de pasión - Antonio Jesús Cruz
En la selva - Rosa Lía Cuello
Destino - María Pía Danielsen
Colonos - Monica Debuchy
Cumplir tu sueño es el sueño que quiero cumplir - Leonardo Dolengiewich
Igual - Hernán Domínguez Nimo
Con ojos argentinos - Mario Farber
Dilema - Camilo Fernández
Shine on you crazy diamond - Juan D. Fernández
Plagas de agosto - Daniel Flores
Cuento de hadas - Daniel Frini
Segunda chance - Martín Gardella
Sueño equivocado – Mempo Giardinelli
Perfección fugaz - María del Pilar Jorge
Hay que sacarlo todo afuera - Alejandro Hugo González
Yo quiero ser novelista - Walter Iannelli
Las lágrimas de Ramón - Eduardo M. Laens Aguiar
Indio - Lucila Lastero
La difunta correa soy yo - María Elena Lorenzín
La mirada de Magnolio - Carlos Pablo Lorenzo
Riesgos del Facebook - Jorge Ariel Madrazo
El hotel de doña Carmen - Beto Mansilla
El castillo de las cien torres - Diego Martínez
Atardecer en el parque - Magda Massacese
El dedo gordo - Mónica Mera
Una historia trivial - Cristian Mitelman
Con gloria - Juan Manuel Montes
La bahía de Asterife - Analía C. Moreiro R.
Teresa a la intemperie - Lilí Muñoz
Estigma - José Antonio Parisi
Un soplo de luz - Analía Pascaner
La señalada - Susana Quiroga
Imposibilidades geométricas - Rogelio Ramos Signes
Algunas aves de jardín - Héctor Ranea
De gusano a mariposa - Gerardo Reimers Ortiz
El agujero - José Ramón Roldán
Vocación - Carina Ruggiero
Los césares - Alvaro Ruiz de Mendarozqueta
Dios trabaja de maneras misteriosas – Saurio
Los embajadores de Marte–Ana María Shua
Gorosito - Aníbal Silvero
El irritador - Fernando Sorrentino
Asilo para tigres - Patricia Suárez
San Juan por mi sangre - Analía Suárez
Don Sanabria - Mariela Stumpfs
Blue velvet - Graciela Tomassini
Visión de reojo - Luisa Valenzuela
Viernes - Mirta Varela
Uma pailita - Rodolfo Vargas Aignasse
Cada día escribe mejor - Guillermo Vidal
Mar rojo - Mónica Volpini
Un sueño ajeno - Abrahan David Zaracho
Todo el país en un libro - Sergio Gaut vel Hartman 

miércoles, 5 de febrero de 2014

Lluvia


Lluvia/cascada de agua dulce/bañando a una ciudad/ ahíta de verano.

sábado, 16 de noviembre de 2013

Mutagénesis

Mutagénesis

Este cuento, que originalmente había comenzado como un largo diálogo entre dos personajes, un día me pidió crecer, para ser escrito de una manera diferente. Así nació Mutagénesis,  una historia que empieza de una manera tranquila y convencional, para luego incrementar su ritmo hasta transformarse en una narración vertiginosa. 
El siguiente es solo un párrafo, si les resulta interesante los invito a disfrutar de la lectura del texto completo, que ha sido publicado en el N°30  (Samain 2013) de la revista NM, 

http://www.revistanm.com.ar/


"...Los segundos se convirtieron en una línea muda de tiempo, saturada de paralizante tensión. Sintió un leve cosquilleo en las piernas y una creciente sensación de rigidez. Abrió y cerró las manos, para vencer al entumecimiento que trataba de apoderarse de sus miembros. Respiró hondo, exhaló y se rompieron varias probetas. Parpadeó, la luz le hacía doler los ojos: vio las paredes del laboratorio, el pasillo que se extendía al otro lado de la puerta, la calle, los autos, la aquietada placidez de ese dormitorio ajeno y a Liza en la cama, su blanco vientre trepidando bajo la mano pasiva de Walter. Román cerró los ojos, pero siguió viéndolo todo, lo que se extendía delante suyo y a sus espaldas, a la ciudad toda y un poco más allá. Se apoderó de un bisturí e intentó efectuarse un leve corte en el brazo, pero el instrumento no logró penetrar la piel. Lo había conseguido:..."


lunes, 28 de octubre de 2013

Sobre el extraño secreto de las microficciones



El extraño secreto de las microficciones

Misterioso resumen de una vida, encriptado en un momento, en un instante. Cualquier parecido con la magia es pura coincidencia.


Escritor de microficciones 
Trabaja como un joyero, engarzando palabras preciosas en oraciones mágicas.


El escritor y el hambre

El hambre del escritor se sacia con palabras, nuevas, viejas, usadas, ajadas, recreadas en otros tonos, con otras voces. A veces, necesita muchas, otras, con una sola alcanza.

jueves, 10 de octubre de 2013

Blues para un día domingo




Hugo despertó. Era domingo y se sentía feliz. Otra semana de tedioso trabajo había quedado atrás. Otra semana en la que había jugado a ser equilibrista en el subte, malabarista en el tren, corriendo siempre, sin poder parar. Pero era domingo y había salido el sol. Un sol que lo siguió durante toda la mañana y lo vio correr por el parque, dando una, dos, tres, diez vueltas. Después, el regreso, pasito a paso a su departamento. Un monoambiente en planta baja, con un patio que Hugo había llenado de macetas y en donde el loro, desde su jaula, le chillaba durante todo el día. De un trago se bebió toda el agua de la única botella que tenía en la heladera. Después, fue al baño, tiró la ropa en un rincón y se dio un baño caliente; un baño largo, sin prisa, sin nervios, total era domingo. Cuando terminó, se tiró un buen rato, en la cama, así como Dios lo trajo al mundo. Sintió hambre y puso a hervir agua en una cacerola; hechó unos fideos adentro y calentó en un jarrito un sobre de esos que traen salsas preparadas, que había comprado en el supermercado. Coló la pasta, la empapó de salsa y la bañó con queso rallado. Comió todo y limpió el plato con el pan, hasta que borró el último rastro de salsa.
No tenía ganas de dormir la siesta. Dejó los platos sin lavar en la pileta y  regresó al parque. Llevó la radio, se tiró en el pasto y se puso a escuchar fútbol. Se quedó en el parque toda la tarde, oyendo la radio, dormitando y recordando a la Nélida que, después de tratarlo de vago y de inútil, un día se marchó dando un portazo. Habían sido solo tres años de convivencia, que le pesaban como si fueran una vida entera. Ahora era libre, nadie le rezongaba ni le reclamaba nada, pero Hugo igual se acordaba de la Nélida, porque con ella se había ido un pedazo de su vida. Al caer la tarde una melancolía inútil lo arrastró al bar más cercano, pero no se pidió una birra. La guacha esa no me merecía que él se emborrachara por ella. Se mandó al buche un café con leche con medias lunas y aprovechó para leer el único diario que el dueño del bar ponía a disposición de los clientes. Así fue matando una a una las últimas horas del día domingo, hasta que la noche lo sorprendió regresando a su departamento. Prendió el televisor y se puso a ver cualquier cosa; la cuestión era quedarse dormido, sin tener que pensar demasiado. Total, al día siguiente, volvería a ser equilibrista en el subte y malabarista en el tren, y en la oficina, el auxiliar le ofrecería un café y lo llamaría señor Gómez, y por cinco días más volvería a sentirse una persona.