Mostrando las entradas con la etiqueta fantástico. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta fantástico. Mostrar todas las entradas

sábado, 11 de febrero de 2017

Atrapado


                                                   El viajero prodigioso
                                                                     - Xul Solar -



El hombre escuchó el disparo. El repentino dolor en el pecho y el calor de la sangre fueron el dato
que completó la ecuación: esa bala era para él. El cemento de la calle se precipitó a su encuentro. Cerró los ojos y espero no ser. La muerte ya no tenía importancia; no  pensaba rendirle a nadie cuentas de sus actos. Tal vez, después de todo, hundirse en el olvido era lo mejor que le podía haber ocurrido.
Oscuridad, pozo, silencio y su conciencia percibiéndolo todo. Algo está mal, pensó, aún existo. Fue entonces cuando ocurrió: las mujeres surgieron de la nada. 
Las mujeres flotaban en un espacio hecho de agua y silencios. Una fría maldad se distinguía en el fondo de sus ojos oscuros. Las largas cabelleras rojizas y las verdes alas membranosas ahuyentaban cualquier visión del paraíso.  Con las manos abiertas, como si siguieran el ritmo de una invisible melodía, avanzaban cantando, mientras agitaban cadenas de oro y otros objetos innombrables.
Las vio acercarse y quiso huir, pero se descubrió paralizado, inerte, indefenso. Pudo sentir el áspero roce de sus ropajes y el golpetear de sus cadenas, cuando atravesaron su cuerpo una y otra vez. Sus armas parecieron hundirse en él. La tibia, gelatinosa agua azulada penetró por todos sus huecos, por todas sus heridas.
Después, oscuridad. Pozo. Silencio. Su conciencia, alerta, presintió el regreso de la luz y con ella, a las mujeres, que nuevamente, avanzaban cantando. Esta vez, aunque no lo miraran ni le hablaran siquiera, ansió el roce, los golpes y las heridas. Permaneció quieto, palpitando en la espera.

Solo una cosa le molestaba: que por sobre esos tenues sonidos ahogados, le llegara, desde muy lejos, el insistente ulular de la sirena de una ambulancia.

                                                                                                                Diciembre de 2015

martes, 23 de febrero de 2016

Peligros felinos, 2



Pesadilla:
El gato sueña que está encerrado dentro de una caja de Schrodinger.

jueves, 5 de noviembre de 2015

Sueños ajenos




Rondas de sueños ajenos trepan por las telarañas de sus pensamientos y la atormentan con visiones de gigantes desgarbados acechándola con sus ojos perversos.
Los monstruos dejan escapar de sus gargantas sonidos sibilantes, gemidos  guturales. Ríen, beben, bailan y pelean en torno de una eterna hoguera en la que crepitan los leños que ellos rescatan para alimentar sus candelas.
Ella desea huir. Si sólo pudiera abrir los ojos lo lograría, pero los extraños no la dejan y la obligan a seguir soñándolos. No es nada personal, es sólo que ellos no quieren disolverse en ese angustiante vacío que deja el final de las pesadillas en el infeliz durmiente.
Por eso, los gigantes danzan y seguirán haciéndolo hasta que el sueño de la mujer se convierta en otro sueño más profundo del que ya no podrá despertar.

Nunca más.


miércoles, 24 de junio de 2015

El otro




El anciano entretenía sus ocios hablándole a su imagen reflejada en el espejo. Por fin, cansado de no obtener respuesta alguna, le dio la espalda a ese otro octogenario que parecía contemplarlo con enojo y se alejó. Recién cuando el eco de los pasos del viejo murió en el pasillo, el extraño que existía del otro lado del espejo comenzó a contestarle.


sábado, 2 de mayo de 2015

Malefice




Roto el espejo mágico, la Malvada Reina llora sus siete años de mala suerte.

martes, 3 de marzo de 2015

El artista


La mujer era joven, bonita, provocadora. Lo había invitado a pasar la noche con ella, pero cuando  quiso hacer su tarea,  comenzó a insultarlo. Eso lo fastidió bastante: estaba harto de que esas pretenciosas mujerzuelas se burlaran de él.
—Ahora por fin  podré trabajar tranquilo — Gruñó, mientras le  hundía su pañuelo de seda en la boca: así, callada, era hermosa.

Satisfecho,  le dedicó su mejor sonrisa: —No te preocupes—, le dijo—. Mi bisturí dibujará flores en tu pecho y afinará tu vientre. En cuanto a tus piernas, podemos cortarlas. ¡Ah!, por cierto, mi nombre es Jack. 

martes, 24 de febrero de 2015

Plumas en el alma - Carlos Enrique Saldivar y María del Pilar Jorge




Cuando despertó, no pudo hablar, lo único que salían de su garganta eran unos graznidos similares a los de un pollo. Esto lo asustó. Sintió un enorme dolor en el cuello y se apresuró a levantarse de la cama. Sus extremidades inferiores tocaron el piso, abrió los ojos y quedó paralizado de terror. Se encontraba en el gallinero. No comprendía qué pasaba; intentó estirar los brazos, pero solo logró aletear. Alarmado, alargó el pescuezo: su cuerpo estaba cubierto de plumas coloradas. Se aplastó contra el piso, intentando pasar desapercibido, para descubrir que el olor a excremento de ave lo excitaba. En ese momento, en el otro extremo del gallinero, entre un montón de plumas alborotadas, surgió la figura de un gallo negro. Unos segundos después, mientras el aire se llenaba de chillidos y cacareos, el gallo le daba la bienvenida a la nueva gallina.


Sobre el otro autor:
 http://biosdelosblogsh.blogspot.com.ar/2012/05/carlos-enrique-saldivar.html


jueves, 19 de febrero de 2015

El superhéroe


Mientras el viento arrastra papeles y cartones por la calle vacía, la lúgubre luz de un farol descubre, en un zaguán, a un chico acurrucado. Indiferente al dolor de la astilla clavada en su pie descalzo, devora los dibujos de una revista de historietas. La lluvia, cruel parámetro de una realidad indiferente, dura una eternidad efímera. Después, el chico ya no está. La única pista de su existencia es el dibujo de un nuevo héroe, que aparece entre las páginas húmedas de una revista abandonada, en un zaguán, bajo un farol.

   

sábado, 22 de noviembre de 2014

El otro lado – María del Pilar Jorge y José Luis Velarde

                                                                                                                 Fotografía: María del Pilar Jorge


La muchacha, fastidiada por tener que estudiar la lección de historia, revoleó el libro por el aire. La ley de gravedad cumplió el resto de la tarea y el texto cuidadosamente encuadernado cayó del otro lado del cerco de ligustro. Arrepentida de su arranque y presintiendo que iba a ser castigada por su audacia, la muchacha asomó su cabeza por sobre el cerco, pero no logró ver dónde había caído el libro. Lo que si supo fue que más allá del seto sonreía un joven trazado con letras centelleantes. Retrocedió sonrojada sin dejar de masticar las bayas amargas de la planta.
Un instante después el libro se le estrelló en el rostro. Quiso reclamar, pero el muchacho ya estaba a su lado en un trazo firme y amoroso. Las letras puntiagudas se entremezclaron con las líneas redondeadas de la joven en un grafiti suicida sobre la acera indiferente.



sobre el otro autor:
http://biosdelosblogsh.blogspot.com.ar/2012/04/jose-luis-velarde.html


microficción publicada en:

http://quimicamenteimpuro.blogspot.com.ar/

sábado, 22 de marzo de 2014

El colectivo aurora – Esteban Moscarda & María del Pilar Jorge

Tengo el gusto de compartir una ficción escrita a cuatro manos con Esteban Moscarda:



Estaba en el colectivo. Amanecía y el puerto estaba cerca, como un cementerio. Me encontraba profundamente deprimido. En el asiento junto al mío, había un sitar. Parada en el centro del pasillo había un hada de hielo. Usted dirá que estaba soñando. Pero a los sueños, aunque parezca mentira, yo los sé diferenciar de la realidad. Mi corazón comenzó a correr. Mi mano buscó a la sitar y la acaricié, como se acaricia a una vieja amiga. Mis dedos recorrieron sus cuerdas y la música fluyó. “Veo una puerta roja y quiero pintarla de negro. No más colores, quiero que todo se vuelva negro…” La canción, mi tristeza, mi vieja depresión y el hada mutando delante de mis ojos. Ahora es una criatura de la noche que avanza hacia mí, mientras me contempla con sus ojos muy negros. Sus labios rojos se abren y el último sonido que escucho es el de mi propia voz clamando en la oscuridad.



Sobre el otro autor:
http://biosdelosblogsh.blogspot.com/search/label/Esteban%20Moscarda

jueves, 20 de marzo de 2014

Perséfone


Perséfone duerme. Sueña con un campo de lirios marchitos. Arrullada por el eterno hechizo, que la trae, la lleva, la encierra, se mueve y se agita. Siente las caricias de su amante sombrío y entreabre los ojos a una oscuridad densa, en la que sólo existen sus cuerpos. Percibe olores añejos, nacidos de las entrañas mismas de la tierra. Pero voces lejanas la llaman: intuye oscuros lamentos, adivina el frío, presiente la nieve. Vuelven los recuerdos. Recuerdos del aroma de viñedos y de la sed que saciara en infinitas tardes de estío. Antes de partir, antes de hundirse en el pozo profundo que ahora la alberga. Los árboles lloran, sus ramas vacías.
Perséfone duerme.


Ficción publicada en el blog:
http//:quimicamenteimpuro.blogspot.com/

Ayuda


Lo encontré un día domingo, a la hora de la siesta. Tenía el pelo sucio y los pantalones rotos; estaba pintando un cerco. La casa, el jardín de pasto desparejo, el árbol frondoso, todo invitaba al descanso. Recordé: había estado allí una vez, hacía mucho tiempo.
El chico me miró con desparpajo, tenía la misma edad, la misma expresión traviesa.
—Hola, soy Tom ¿Necesita algo, señora?
—Sólo recuerdos para un cuento.
—Si pinta un pedazo del cerco, la ayudo.
Para olvidarme un rato de mí misma, tomé el pincel. El pequeño me guiñó un ojo, se apoyó contra el árbol y empezó a comer una manzana.



Publicado en el blog:
 http://quimicamenteimpuro.blogspot.com.ar/



Tortura



Lo sintió hurgar en él, con tenacidad brutal. Un malestar difuso comenzó a transitar sus entrañas. Con los ojos vueltos hacia arriba, se retorció una y otra vez, en un vano intento de desasirse. Pero no logró ahuyentar a su enemigo. Aulló. Sintió frío, un frío que brotaba de la oquedad abierta en su pecho. Poco a poco, comenzó a perder las fuerzas. El cansancio amortiguó la sensación ominosa. Se desvaneció. Sumergido en un sueño confuso, en el que siluetas y colores se deslizaban en una bruma incierta, sólo lograba despertar por breves momentos. Cuando lo hacía, el dolor punzante retornaba. Por fin, amaneció. La herida se había cerrado, pero las cadenas le impedían moverse. Transcurrieron inútiles horas, hasta que la noche regresó, y con ella, el águila. Prometeo se agitó una vez más.



Publicado en el blog:
 http://quimicamenteimpuro.blogspot.com.ar/



martes, 25 de diciembre de 2012

La Luz Mala – Alejandro Bentivoglio & María del Pilar Jorge






—Le  digo que es la luz mala —dijo Zenón.
—Qué no —replicó don Zoilo.
Los dos paisanos miraban hacia el horizonte, iluminados apenas por la fogata que habían encendido para pasar la noche. A lo lejos, una cierta fosforescencia se dejaba ver.
—Es la luz de la luna, o huesos de animales —dijo Zoilo.
—Que no, es la luz mala, le digo.
—La pucha, si será porfiado —rezongó Zoilo, mientras sacaba de su bolsa el paquete de tabaco y con sus dedos mugrientos armaba un cigarrillo.
Zoilo permaneció un rato largo fumando pensativo. Cuando volvió a mirar a su compadre, el Zenón ya estaba dormido; —Gaucho marrullero —dijo, para sí—, menos mal que tenía miedo —. Acomodó el poncho y se tiró en el suelo, junto al otro hombre.
Por eso, cuando por fin los alcanzó, ninguno de los dos sintió la helada caricia de la Luz Mala.

(Escrito a cuatro manos con Alejandro Bentivoglio.  Pueden leer sus cuentos en el blog: http://memoriasdeldakota.blogspot.com.ar/ )

Cuento publicado en el blog: http://quimicamenteimpuro.blogspot.com.ar/

viernes, 5 de octubre de 2012

Los fantasmas





“No creo en los fantasmas”, murmuró, mientras contemplaba el luminiscente reflejo del monitor. Sus dedos se negaban a moverse sobre el teclado, su mente estaba en blanco. El escritor se sentía muy frustrado: el escepticismo le impedía, siquiera, imaginarse una aparición fantasmal y mucho menos una historia de terror. Pero le habían pedido que escribiera un relato sobrenatural; iba a salir publicado en una revista  muy popular, y eso le convenía: era publicidad.

Un ruido proveniente de la cocina interrumpió el curso de sus pensamientos, mejor dicho, el ruido lo distrajo de ese dejar de pensar en el que se encontraba inmerso. Se levantó con desgano y arrastró los pies hasta la cocina: no encontró nada, todo estaba en orden. Pero el ruido había venido de allí. Comenzó una inútil búsqueda, que lo único que logró fue incrementar su mal humor. Regresó a su escritorio y escribió el título del relato: “No creo en los fantasmas”, y se detuvo. Buscando inspiración, intentó enfocarse en aquel sonido sin dueño ni destinatario, pero que tenía que tener alguna explicación lógica. Tal vez algo se había caído en el departamento que estaba en el piso superior al suyo, o tal vez en el piso de abajo. En un edificio de departamentos nunca se puede saber de dónde vienen los sonidos.

En ese momento el ruido se repitió por segunda vez; el escritor se precipitó hacia la cocina. En su carrera, tiró al suelo a una de las sillas del comedor y terminó golpeándose la cara contra la puerta de la cocina. Un momento: él no la había dejado cerrada. Miró detrás de la puerta: nada.  Miró arriba, abajo, a derecha e izquierda: nada de nada. Todo se veía en orden.

Fastidiado, volvió a sentarse ante su computadora y leyó, una vez más, el título de ese cuento aún no nacido: “No creo en los fantasmas”. En la cocina se escuchó el eco de un quejido, pero el escritor esta vez no se movió de su asiento. Se limitó a borrar las tres primeras palabras y luego comenzó a escribir. 

jueves, 2 de agosto de 2012

Claro de luna



Le molestaba la vista de tanto trabajar en la computadora. Diego miró el reloj de pared y se sobresaltó. En los Laboratorios Talar se habían apagado todos los sonidos; una vez más, era el último en marcharse. Acercándose al ventanal, observó la calle: era de noche y una densa capa de nubes oscurecía aún más el cielo. Apagó el ordenador, acomodó las carpetas y salió. Sus pasos resonaron en el pasillo. Ya llegaba a los ascensores, cuando escuchó el sonido del teléfono; regresó corriendo y levantó el auricular.
—Hola, Beatty, ¿terminó el informe?
¡Su jefe! ¡Qué molesto, por Dios!
—Si, si, ya lo completé. Me iba a mi casa, doctor Morales.
—Bien… bien… Preciso que me haga un pequeño favor.
Diego se mordió los labios para no decirle una grosería, pero no pudo evitar resoplar. Después de todo, también él tenía derecho a tener una vida: necesitaba desesperadamente mezclarse entre la gente común, sentir el sudor de los cuerpos ajenos, percibir los nauseabundos olores de las calles del bajo, ésas donde siempre se podía disfrutar de un encuentro fácil y sin compromisos. Necesitaba sentirse vivo y humano, y alejado del inacabable control de los datos y de la contabilidad del laboratorio. Pero el doctor Bernardo Morales siguió hablando.
—Vaya hasta el laboratorio, por favor, sobre el escritorio me olvidé un paquete: son remedios para mi hija Delia. Preciso que me los alcance. Es urgente.
¿Delia? A Diego le brillaron los ojos. Después de la muerte de la esposa del doctor Morales, el hombre se había enclaustrado en su casa, con esa hija de la que siempre hablaba, pero nadie había visto jamás. Lo curioso era que en su escritorio, Morales no tenía ninguna fotografía de la joven. Teniendo en cuenta que Morales era un hombre muy buen mozo, todo el personal masculino de Laboratorios Talar hacía apuestas sobre cómo era ella.
—Espere un momento, doctor. Me fijo.
Diego dejó el teléfono descolgado y corrió hasta la oficina de su jefe. Encontró el paquete sobre el escritorio. Se sintió tentado de verificar su contenido, pero la voz Morales le había contagiado una angustia incipiente que lo incitó a cruzar el pasillo a toda carrera. Levantó nuevamente el auricular.
—Si, ¡ya lo tengo!
—Gracias, muchacho, muchas gracias. Lo espero en mi casa.
Diego enfiló hacia los ascensores y, después de saludar al encargado de la vigilancia del edificio, salió a la calle. Desde alguna ventana entreabierta lo asaltó un inesperado olor a guiso. Recorrió las cuatro cuadras que lo separaban de la casa de Morales, impregnado por ese aroma torturante: el estómago le crujía y la boca se le llenó de saliva. Pensó que antes de regresar a su departamento, iba a cenar en el primer restaurante decente que encontrara. Consolándose con esa idea, apresuró el paso.


La casa exhibía un impecable frente gris y el portón de vidrio y hierro característico de los edificios antiguos. Diego tocó el timbre. Adentro se prendió una luz y, casi instantáneamente, Bernardo Morales le abrió la puerta.
—Pase, muchacho, pase. Se está levantando viento, es probable que pronto tengamos tormenta.
—Si… y yo estoy apurado, doctor.
—Pero no se me escape así, le hablé mucho de usted a Delia y mi hija desea conocerlo. Además, ya que se molestó hasta aquí, lo invito a tomar un trago.
Diego Beatty entró a la casona y la pesada puerta se cerró tras él. Morales lo condujo hasta la sala y lo invitó a sentarse. Mientras el bioquímico se alejaba con los remedios, Beatty se apoltronó en un sillón de cuero negro. Con la mirada, recorrió los cuadros con los diplomas que Morales había colgado en una de las paredes: congresos, jornadas, conferencias, estudios de post grado, toda la vida del bioquímico se podía ver en esa pared. Los leños crepitaban en el hogar y su agradable calor le produjo una leve modorra. Cuando la espera ya se le hacía demasiado prolongada, Morales regresó: en una bandeja traía una botella de Fernet, dos copas y los típicos ingredientes: maníes, papas fritas y un poco de queso.
—¿Su hija?
—Mejor, mejor, sírvase Diego, después lo llevo a conocerla.
Diego se precipitó sobre los cuadritos de queso y los paladeó con el placer de un experto. Las papas fritas crujieron en su boca, los maníes comenzaron a desaparecer. Su anfitrión le llenó la copia varias veces. Después de dejar la copa vacía, por quinta vez, sobre la mesa, Diego advirtió que Morales no comía, sino que se dedicaba a observarlo. Una sonrisa le iluminaba el semblante.
A Diego lo recorrió un escozor de vergüenza, no era cuestión de parecer un muerto de hambre.
—Yo… perdón… creo que ya es tarde… ¿Podría saludar a su hija?
—¡Por supuesto, muchacho!, pero, ¿no quiere comer más?
—No, no, gracias. Muy bueno todo.
—Venga, es por acá.
Salieron a un pasillo cerrado. Después de ignorar varias puertas, Morales abrió la última. Los recibió una suave penumbra. Varias luces le daban al ambiente un tenue color naranja. Una de las paredes estaba decorada con un vitraux de dibujos exóticos: se encontraban en un invernadero. Daniel miró a su alrededor, buscando a Delia. Se la había imaginado maravillosamente hermosa, tanto como para que su padre la ocultara, pero allí no estaba esa mujer soñada. Una enorme planta ocupaba la mayor parte de la habitación. Mientras contemplaba absorto los extraños cucuruchos vegetales que asomaban del macetón, Diego preguntó, fascinado: —¿A qué especie pertenece? ¡Es gigante!
—¿No es hermosa?
—¿Y Delia?
—Ella es Delia —replicó Morales, con el tono resentido de aquél a quien se le pregunta lo obvio.
A Diego se le nubló la vista y lo asaltó un incipiente mareo: no sabía si era el calor, la bebida que acababa de tomar, la sorpresa o una combinación de las tres cosas.
El viejo continuaba hablando: —…quise investigar el nivel de desarrollo de estas plantas. Gracias al tratamiento al que la he sometido ha crecido mucho. Es muy afectuosa, lo único con lo que tengo que ser prudente es con su alimento.
—¡Ah! ¡Qué interesante! —murmuró pretendiendo sentir admiración. En realidad estaba espantado— Bueno… hola, Delia. Yo me voy, doctor Morales.
—Pero Diego, no seas tímido, muchacho, acercate un poco más.
Diego quería escaparse de allí, ir a su departamento, darse una buena ducha y olvidar al rostro exaltado de Morales y a esa monstruosa planta. Pero el otro hombre lo empujó hacia adelante. Muy a su pesar, Diego avanzó aún más hacia esa húmeda oscuridad, en la que latían múltiples flores color naranja. Entonces sucedió: la planta pareció cobrar vida. Sus generosas hojas empezaron a moverse y las flores se abrieron una a una, palpitantes, hasta convertirse en infinitas bocas que empezaron a emitir un tenue sonido, que paulatinamente comenzó a aumentar. ¿Música? Si, era música y de la buena.
Extasiado, Diego se abandonó a la dulzura de la melodía: Claro de luna. Las bocas de la planta se abrían una y otra vez, en amorosa súplica. La imitación de la sonata era perfecta. El cadencioso murmullo crecía y crecía, reverberaba en la cabeza de Diego. Curiosamente, comenzó a sentirse excitado. Una de las flores le rozó el rostro. Sorprendido, extendió la mano y la flor permaneció ahí, agradecida por el roce de su piel. Otra flor más se acercó a él. Diego se dejó acunar en ese abrazo hecho de hojas y sonidos armoniosos. Las flores, esas infinitas bocas de Delia, se aproximaron una vez más, para luego replegarse en un juguetón escarceo. Buscando más caricias, Diego extendió los brazos hacia la ahora enorme planta. Tratando de aferrarse con desesperación a ese extraño ser vegetal sediento de ternura que lo llamaba, Diego se hundió aún más en la generosa espesura.
La planta tembló, la música fue extinguiéndose poco a poco y Delia se inclinó sobre él, embriagándolo con su aroma sensual. Entregándose al abrazo, Diego la sintió palpitar y él también vibró.


Morales suspiró. Tras los ahogados quejidos de Diego, que se fueron apagando poco a poco, la habitación había vuelto a quedar en un silencio quieto. Delia parecía dormir. El hombre acarició las hojas, que apenas se estremecieron, un suave suspiro se escapó de alguna de sus bocas. Luego, Delia eructó.
El hombre cerró la puerta de la sala y se dirigió a la biblioteca. Sentándose ante su ordenador, comenzó a redactar una nota: “Laboratorios Talar busca para sus oficinas a empleados de 20 a 35 años, se requiere nivel universitario y experiencia previa. Inútil presentarse sin referencias.”
Afuera, se escuchó un trueno. Luego, comenzó a llover.


(cuento publicado en la revista SUSANA en septiembre de 2011)

martes, 3 de julio de 2012

Una nueva actualización del blog Químicamente Impuro

En Químicamente Impuro, una nueva actualización a cargo del heliconio Odeen Rocha.
Encontrarán cuentos breves como éste y otros muchos más. Los invito a disfrutar de la lectura.

El otro lado – María del Pilar Jorge &; José Luis Velarde


La muchacha, fastidiada por tener que estudiar la lección de historia, revoleó el libro por el aire. La ley de gravedad cumplió el resto de la tarea y el texto cuidadosamente encuadernado cayó del otro lado del cerco de ligustro. Arrepentida de su arranque y presintiendo que iba a ser castigada por su audacia, la muchacha asomó su cabeza por sobre el cerco, pero no logró ver dónde había caído el libro. Lo que si supo fue que más allá del seto sonreía un joven trazado con letras centelleantes. Retrocedió sonrojada sin dejar de masticar las bayas amargas de la planta. Un instante después el libro se le estrelló en el rostro. Quiso reclamar, pero el muchacho ya estaba a su lado en un trazo firme y amoroso. Las letras puntiagudas se entremezclaron con las líneas redondeadas de la joven en un grafiti suicida sobre la acera indiferente.


Sobre el otro autor: José Luis Velarde

martes, 29 de mayo de 2012

Cuando los escritores se divierten.


Cuando los escritores se divierten, escriben "cadáveres exquisitos" (cuentos creado por varias manos).
Una muestra del buen resultado del trabajo en equipo, en el que yo también metí mis manotas, es el cuento:
Fantasmas del pasado, escrito por José Luis Velarde, Eduardo Poggi, Esteban Moscarda, Sergio Gaut vel Hartman y por mí.

"Miró la casa, distante unos cincuenta metros, aunque en medio de aquella tenue luz rojiza resultaba arduo apreciar tamaños y dimensiones. La casa parecía construida sobre una plataforma horizontal de mármol negro, ubicada cerca de la cresta de un farallón de piedra caliza. El atardecer menguante añadía tonalidades fantasmagóricas a la perspectiva del hombre fatigado; aunque no dejaba de caminar, la distancia permanecía invariable. Tanto esfuerzo inútil sin permitirme reposo, pensó. Debía llegar antes del oscurecer. Transpiraba pesar del frío húmedo del otoño. Ya casi llegaba: podía oler el aire del mar, presentir el sonido de las olas. Acicateado por sonidos y murmullos, hizo un último esfuerzo por apresurar el paso. No quería enfrentar de noche lo que se escondía en las entrañas de la casa..."

Pueden leer el texto completo en el blog Breves no tan breves,

http://brevesnotanbreves.blogspot.com.ar/2012/05/fantasmas-del-pasado-maria-del-pilar.html

martes, 12 de julio de 2011

LOBO


El lobo, disfrazado de abuela, llamó a Caperucita desde la cama. La niña avanzó con una sonrisa; en la canasta llevaba frutas y golosinas, pero en el fondo, oculto, guardaba un cuchillo.
La descarada bestia no lo sabía, como tampoco que la abuela ya hacía un mes que se había muerto.

publicado en el blog: http://quimicamenteimpuro.blogspot.com/

domingo, 10 de julio de 2011

La magia de los espejos


En el cuento de la Cenicienta nada se dice de los espejos. Sin embargo uno de ellos jugó un papel muy importante en esa historia: borró la tristeza del rostro de la muchacha, la ayudó a disfrazar sus lágrimas y le permitió dibujar una sonrisa. Sin su asistencia, de nada le hubieran servido el vestido de fiesta y los zapatitos de cristal.