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jueves, 25 de diciembre de 2014

La Pelota



No se escuchó una explosión, fue apenas un intrascendente chasquido. Después,  el  auto había seguido su marcha sin detenerse.
 La pelota de cuero parecía un sombrero abandonado entre los adoquines de la calle. Los chicos gritaban. Le gritaron a él, porque la había pateado mal, porque era su culpa. Porque cuando pasa algo, siempre tiene que haber un culpable.
Tomás, las piernas llenas de barro, las manos raspadas,  corrió, como si pudiera alcanzar al auto, como si pudiera hacer algo. Las lágrimas le resbalaban por la cara, mezclándose con su rabia.
—¡Pibe! Pará, pibe, vení un cachito—le gritó don Tito, el dueño del único kiosco del barrio; y él, cabizbajo, derrotado, se acercó despacio, respondiendo al llamado.
—No te  amargues, pibe, eso le pudo pasar a cualquiera de los otros. Ustedes, jugando a la pelota son unos perros. Tomá, ya tendrás otra pelota.

En la mano de don Tito, la enorme barra de chocolate lo atrajo como un imán y pronto su cara se convirtió en una mezcla de llanto, chocolate y risa. Mientras comía, se alejó soñando con esa otra pelota  que algún día iba a llegar.  

domingo, 20 de abril de 2014

JUEGOS




—Ese cura no es tu padre— dijo Amanda y se alejó corriendo. Reía.
La perseguí. Cuando pasé junto al anciano sacerdote lo escuché murmurar. Nunca supe si estaba orando o si acababa de condenarme al infierno.
—Esa vieja de bigotes es tu abuela— le grité a Amanda, mientras señalaba a una señora entrada en años y en carnes. La mujer nos amenazó con su bastón.
Mientras huíamos, atravesamos toda la plazoleta, hasta que, al final, Amanda quedó acorralada entre el paredón de la última casa de la cuadra, un enorme árbol y yo.
—No me toques —chilló—. Estás todo sucio.

Amanda jadeaba, yo también. Era primavera, teníamos doce años y su boca estaba muy cerca de la mía.

jueves, 10 de octubre de 2013

Blues para un día domingo




Hugo despertó. Era domingo y se sentía feliz. Otra semana de tedioso trabajo había quedado atrás. Otra semana en la que había jugado a ser equilibrista en el subte, malabarista en el tren, corriendo siempre, sin poder parar. Pero era domingo y había salido el sol. Un sol que lo siguió durante toda la mañana y lo vio correr por el parque, dando una, dos, tres, diez vueltas. Después, el regreso, pasito a paso a su departamento. Un monoambiente en planta baja, con un patio que Hugo había llenado de macetas y en donde el loro, desde su jaula, le chillaba durante todo el día. De un trago se bebió toda el agua de la única botella que tenía en la heladera. Después, fue al baño, tiró la ropa en un rincón y se dio un baño caliente; un baño largo, sin prisa, sin nervios, total era domingo. Cuando terminó, se tiró un buen rato, en la cama, así como Dios lo trajo al mundo. Sintió hambre y puso a hervir agua en una cacerola; hechó unos fideos adentro y calentó en un jarrito un sobre de esos que traen salsas preparadas, que había comprado en el supermercado. Coló la pasta, la empapó de salsa y la bañó con queso rallado. Comió todo y limpió el plato con el pan, hasta que borró el último rastro de salsa.
No tenía ganas de dormir la siesta. Dejó los platos sin lavar en la pileta y  regresó al parque. Llevó la radio, se tiró en el pasto y se puso a escuchar fútbol. Se quedó en el parque toda la tarde, oyendo la radio, dormitando y recordando a la Nélida que, después de tratarlo de vago y de inútil, un día se marchó dando un portazo. Habían sido solo tres años de convivencia, que le pesaban como si fueran una vida entera. Ahora era libre, nadie le rezongaba ni le reclamaba nada, pero Hugo igual se acordaba de la Nélida, porque con ella se había ido un pedazo de su vida. Al caer la tarde una melancolía inútil lo arrastró al bar más cercano, pero no se pidió una birra. La guacha esa no me merecía que él se emborrachara por ella. Se mandó al buche un café con leche con medias lunas y aprovechó para leer el único diario que el dueño del bar ponía a disposición de los clientes. Así fue matando una a una las últimas horas del día domingo, hasta que la noche lo sorprendió regresando a su departamento. Prendió el televisor y se puso a ver cualquier cosa; la cuestión era quedarse dormido, sin tener que pensar demasiado. Total, al día siguiente, volvería a ser equilibrista en el subte y malabarista en el tren, y en la oficina, el auxiliar le ofrecería un café y lo llamaría señor Gómez, y por cinco días más volvería a sentirse una persona.  

jueves, 19 de enero de 2012

Chiaroscuro



Recién amanecía: era demasiado tarde para irse a dormir y demasiado temprano para ponerse a llorar. La vida te curte, te endurece, incluso puede embrutecerte pero Julián, después de que encontró un niño, envuelto en ese trapo hediondo, durmiendo en un oscuro zaguán, solo deseó salir corriendo. Contrasentidos, contradicciones, el blanco y el negro, el yin y el yang: adentro, el lujo dispendioso y platos con restos de comida, apilados en la cocina. Afuera, la mugre y la vida miserable de los linyeras.

Julián caminó. Caminó por las calles vacías de una ciudad adormilada. Recordó a Amanda y a Carlos, a Luisa y a Jorge y a su soledad de hombre sin pareja estable: los muchos amigos no remplazan al amor. A cierta altura de la noche, después de los brindis y los saludos efusivos, la bebida le había soltado la lengua y por un rato que se le hizo eterno logró experimentar el efímero placer de la venganza. Les dijo a todos y a cada uno lo que pensaba de ellos. Pero nadie se molestó, al contrario, todos reían, festejando lo que llamaron su “peculiar sentido del humor, entre negro y sórdido”. Sus risas lo enardecían más y más, malditos sean todos, pensaba mientras redoblaba la apuesta y arremetía con cizaña destacando los defectos, fallas y vicios de sus amigos. A Amanda, de tanto llorar se le había corrido el rímel, Carlos cabeceaba adormecido, indiferente a los epítetos de “gordo inútil y obsoleto” y “fracasado pelafustán” con que lo describía. Jorge —la copa siempre llena— disfrutaba de la escena como si nada de lo que Julián decía pudiera afectarlo. Solo Luisa, después de las primeras carcajadas, había caído en el silencio, observándolo con sus enormes ojos muy abiertos, como quien contempla a un loco. ¿Loco?, si tal vez lo estuviera, pero los locos, por lo menos, pueden decir impunemente lo que piensan, con la tranquilidad de que nadie se va a ofender, porque están locos. Además, era muy probable que cuando despertaran solo tendrían un recuero ambiguo de esa fiesta de fin de año.

Un sabor acre le subió a la boca y en su garganta nació una arcada. Julián se acercó al cordón de la vereda y vomitó; un fuerte efluvio de alcohol se desprendía del lechoso líquido rojizo con el que enchastró la vereda y su camisa. Se apoyó en un árbol y respiró hondo: se sentía mejor, pero no lo suficiente. Debía regresar; subiría a su auto, se recostaría en el asiento trasero y dormiría hasta que ese odio por la humanidad que le había despertado la borrachera se diluyera una vez más, mutándose en la habitual plácida complacencia. Pero antes haría algo, pensó, porque si el mundo se hunde irremediablemente en la indiferencia, es hora de despertar. Trastabillando y luchando contra el mareo que quería ganarle la partida deshizo las pocas cuadras que había caminado y regresó al punto de partida. En el zaguán, el niño abandonado todavía dormía. Julián buscó la billetera y sacó algo de dinero y se quedó ahí, con el dinero en la mano, mirando al chico. Se lo pondría debajo de la campera que usaba de almohada, subiría a su automóvil y chau. Pero no pudo, la náusea y el mareo fueron más fuertes. Se apoyó en un poste y volvió a vomitar: fue sólo líquido y ese olor pestilente a alcohol. No bebería más, a partir de ese nuevo año no bebería más.

Usó la alarma del automóvil para encontrarlo, con un poco de trabajo logró embocar la llave en la cerradura de la portezuela. Adentro, en el bolsillo de la puerta delantera encontró la botella de agua mineral, bebió un largo trago, se sentó en el asiento y cerró los ojos. Lo envolvió el sopor y su cabeza se deslizó hacia atrás.

Lo despertó un rayo de sol y el insistente gorjeo de los pájaros. La ciudad aún dormía. Bebió más agua y se mojó la cara. Miró el zaguán: el niño seguía allí. Sí, estaba loco, lo sabía, también sabía que se iba a arrepentir, pero se bajó del auto y avanzó hacia el chico. Lo alzó con trapo y todo, y lo acostó en el asiento trasero; después, cerró las puertas de su vehículo, encendió el motor y se alejó.


publicado en: http://brevesnotanbreves.blogspot.com/

lunes, 22 de febrero de 2010

El galán




Después de un breve matrimonio, que a él le pareció que había durado milenios, logró separarse de su mujer. Fue un divorcio muy duro: debió darle varias trompadas y puntapiés en los tobillos, para que su esposa entendiera que el amor entre ellos había terminado.
De nuevo soltero, se dispuso a disfrutar su bien ganada independencia. Trasnochadas, ir de copas con los amigos y ver todo el fútbol que se le ocurriera a la hora que se le daba la gana fueron su primer y disfrutado logro. Después, salió a la caza de damiselas, pero descubrió que las de veinte ya le llamaban abuelo.
Cuando su departamento ya se parecía más a una covacha que a una vivienda decente, decidió buscar a una señorita casadera, que supiera hacer todas las tareas domésticas y fuera una excelente amante. Logró encontrar a algunas que llenaban esos requisitos, pero tenían hijos ruidosos o directamente lo miraban con lástima.
Pero fue cuando resolvió bajar el nivel de exigencia, que encontró a la mujer perfecta. La ve de vez en cuando y a escondidas, porque el nuevo marido de su antigua esposa es muy celoso.
(fotografía: escena de la película "La dolce vita")

sábado, 19 de diciembre de 2009

Un mundo feliz


Luces opacas, sonidos chirriantes, gente empujándose. Cuerpos enredados en extrañas amalgamas. Respirar olores agrios, para alcanzar una puerta que amenaza cerrarse. En el túnel, una oscuridad sinuosa los traga y los devuelve gastados, viejos, débiles a un afuera hecho de otros olores. Olores a viejo, a soledad, a pobreza.
Después, buscan la salida sin mirar a nadie, zombies de una ciudad alienada que los deja y los excluye.
Finalmente la escalera y más allá el afuera, el aire húmedo de la calle y un regreso al moverse liberados de la cercanía ajena.
Un par de enamorados besándose, son los únicos habitantes de un mundo feliz que a los demás se les escapa, aunque regresarán otro día, y otro, y otro más tratando de encontrarlo