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jueves, 25 de septiembre de 2014

Sobrevivientes




Al principio, el temporal fue tomado por un evento meteorológico más, se recurrió a las medidas de rutina y tratamos de retornar a la normalidad. Pero solo había sido el primer anuncio: cuarenta y ocho horas después el tornado azotó la ciudad. Cientos de vidrios estallaron, cayeron árboles y, cuando nos quisimos dar cuenta, estábamos contando muertos. Los equipos de rescate no se daban abasto para auxiliar a los sobrevivientes.
 La reparación de los daños se convirtió en una tarea lenta e ingrata: hubo personas que pudieron albergarse con familiares o amigos, en los barrios suburbanos o en los poblados vecinos. Pero muchos se resistían a abandonar sus semiderruidas moradas, a pesar de la insistencia por parte de la gente de Defensa Civil en que buscaran lugares más seguros. En medio de esa desorganización, cientos de individuos desorientados y en estado de shock vagaban por las calles.
 La tercera vez el peligro no vino del cielo. Cuando la tierra tembló, el caos fue completo: lo que nos afectaba era un terremoto que tenía su epicentro en el río. Los pulsos se repetían a espacios irregulares y duraban entre 59 y 90 segundos; la intensidad crecía y decrecía desde el 6.1 hasta el 7 en la escala de Richter.
 El saberlo fue suficiente para mí, comprendí que tenía que huir de la ciudad. Fui afortunado, el terror había paralizado a la mayoría y aunque con dificultad, aún se podía transitar por las calles. Cargué una mochila liviana, con lo indispensable, y elegí alejarme en mi motocicleta; en caso de enfrentar a algún derrumbe, podría escurrirme más fácilmente. Por supuesto, cada vez que se repetían los temblores tenía que detenerme.
 Recién me sentí más seguro cuando crucé la ruta para alejarme de la zona urbana. Desde el puente al que había subido pude divisar a una caravana de gente que se acercaba, cada vez más, hacia donde me encontraba. Cuando ya estaban demasiado cerca, decidí tomar una prudente distancia y seguí mi camino. Ellos, como yo, avanzaban atrás, ellos, como yo, buscando sobrevivir, marchaban sin detenerse.

viernes, 13 de septiembre de 2013

Instrucciones post apocalípticas para corroborar la supervivencia


Tome un cuchillo bien filoso y hágase un leve corte en el brazo. Si mana sangre y experimenta dolor es porque aún está vivo. Desinféctese la herida y véndese bien. Si persisten sus dudas, usando un encendedor, vela o fósforo encendidos, acérquelos al otro brazo. Deberá notar un agudo ardor. En ese caso, aplíquese una pomada para quemaduras.

Si todo lo anterior no lo ha convencido de que usted no es un zombi, vaya al galpón o donde se le ocurra guardar las herramientas y busque un serrucho, apóyelo en el cuello y mueva la herramienta con firmeza hasta que logre separar la cabeza del resto del cuerpo. Después de eso, finalizarán todas sus incertidumbres y demás conflictos existenciales.





Cuento originalmente publicado en el blog Químicamente impuro, http://quimicamenteimpuro.blogspot.com.ar/

Publicado en el número 4° de la  Revista hispanoamericana de ficción breve,Fix100,   http://www.cpecperu.org/docs/cpec/pdf/Fix100_4.pdf

lunes, 1 de agosto de 2011

Apocalipsis now



El clima era cálido y el ánimo de aquellos que saturaban con sus vehículos las calles, pésimo. En medio de la batahola de bocinazos y bárbaros insultos, un hombre de aspecto místico, que aferraba entre sus brazos a un icono de ébano, tropezó contra un auto: ese mínimo gesto fue estímulo suficiente para que el conductor abriera la portezuela esgrimiendo un látigo. Aunque el primer lonjazo alcanzó a lastimarlo en el cartílago auricular, el peatón continuó su carrera.
El conductor entró al vehículo y, con un gesto rápido, sopapeó al niño que lo acompañaba. A pesar del angustioso llanto de la criatura, el hombre comenzó a tocar la bocina de manera insistente.
En ese ambiente sórdido, donde todo parecía válido, la ciudad se transformó en un gigantesco set en el que se rodaba una película de temática apocalíptica cuando una pestífera lluvia cáustica se precipitó a torrentes. Recién entonces, los demás sonidos se apagaron.