domingo, 23 de junio de 2013

Evocación – María del Pilar Jorge





La mañana la abrazó

con un beso

de húmeda sal,

a lo lejos, el viento

traía ecos

de espuma de mar...

jueves, 18 de abril de 2013

Un mundo mejor



"Julio Oliveira odiaba el color gris. En un mundo donde el sol permanecía oculto tras una densa capa de niebla, niebla que teñía de gris casas, vehículos, personas, cosas y las máscaras, esas máscaras con oxígeno que se habían vuelto un adminículo más de la vestimenta de los ciudadanos, Julio Oliveira odiaba el color gris. ...."

El texto completo del cuento "Un mundo mejor" se puede leer en Literatura Virtual:
http://literaturavirtual.angelfire.com/MARIADELPILARJORGE.htm

miércoles, 27 de marzo de 2013

El último cielo


La pierna de Jaime se negaba a hacer ese repetido, mecánico movimiento con el que accionaba el pedal del freno: había sido demasiado alcohol, demasiado sueño, demasiado tarde para reflexionar. Cuando por fin logró hundir a fondo el pie, fue para descubrir que había pisado el acelerador. Delante de él, el otro automóvil avanzaba hacia el suyo. Ambos vehículos se desplazaban con un lento, inexorable, imparable movimiento. Jaime se aferró al freno de mano. En el último instante, creyó ver la cara del otro conductor. Después, el impacto lo atontó: todo pareció detenerse. Jaime pudo oler su propia muerte. 

Una ráfaga de aire frío y seco le hizo abrir los ojos: el parabrisas se había roto y en sus manos había sangre. Jaime luchó  por escapar de ese reducido espacio, pero  no podía moverse.  Cansado, agotado, exhausto, resopló.

El otro conductor había logrado salir de su auto. Era un tipo grandote,  la sangre le corría por la cara,  parecía un muerto viviente. Jaime estuvo tentado de soltar una carcajada. El desconocido se acodó en la ventanilla del automóvil y comenzó a insultarlo. Jaime  se limitó a mirarlo absorto. No podía hacer otra cosa;  le era imposible apoderarse del arma que tenía guardada en la guantera. Tendría que inventar algún pretexto para aplacar la ira de ese energúmeno.  Miró a su alrededor, no había aparecido ningún patrullero, ¿es que nadie vigila las cámaras de seguridad? Bueno, recién amanecía. Era muy probable que los del departamento de policía estuvieran durmiendo. Jaime no sentía ni las piernas ni los brazos. En realidad no sentía nada, ni siquiera dolor. ¿Se estaría muriendo? Existiría un último cielo para los que se   pasan la vida rompiendo reglas.  Quiso decirle al grandote que llamara al 911, pero ya no lo veía. Además, es muy difícil hablar con la garganta cortada.


 

jueves, 14 de febrero de 2013

Antología " ¡Basta! 100 mujeres contra la violencia de género




Comparto una buena noticia: me han confirmado que mi microficción "La gota" va a integrar, junto con las de conocidas escritoras, la Antología " ¡Basta! 100 mujeres contra la violencia de género".
http://100mujerescontraleviolencia.blogspot.com.ar/

martes, 25 de diciembre de 2012

La Luz Mala – Alejandro Bentivoglio & María del Pilar Jorge






—Le  digo que es la luz mala —dijo Zenón.
—Qué no —replicó don Zoilo.
Los dos paisanos miraban hacia el horizonte, iluminados apenas por la fogata que habían encendido para pasar la noche. A lo lejos, una cierta fosforescencia se dejaba ver.
—Es la luz de la luna, o huesos de animales —dijo Zoilo.
—Que no, es la luz mala, le digo.
—La pucha, si será porfiado —rezongó Zoilo, mientras sacaba de su bolsa el paquete de tabaco y con sus dedos mugrientos armaba un cigarrillo.
Zoilo permaneció un rato largo fumando pensativo. Cuando volvió a mirar a su compadre, el Zenón ya estaba dormido; —Gaucho marrullero —dijo, para sí—, menos mal que tenía miedo —. Acomodó el poncho y se tiró en el suelo, junto al otro hombre.
Por eso, cuando por fin los alcanzó, ninguno de los dos sintió la helada caricia de la Luz Mala.

(Escrito a cuatro manos con Alejandro Bentivoglio.  Pueden leer sus cuentos en el blog: http://memoriasdeldakota.blogspot.com.ar/ )

Cuento publicado en el blog: http://quimicamenteimpuro.blogspot.com.ar/

domingo, 9 de diciembre de 2012

Querer

 



Quiero cerrar la puerta,

detrás de los recuerdos oscuros,            

Quiero descubrir, una vez más,

 la delicia

de la tibia

caricia del sol,

Quiero sentir el lícito roce

del viento,

Quiero beber  breves gotas

de  la tenue

llovizna y

percibir el olor

de los jazmines.

Quiero olvidar el dolor,

Y ser.

Simplemente ser.


viernes, 5 de octubre de 2012

Los fantasmas





“No creo en los fantasmas”, murmuró, mientras contemplaba el luminiscente reflejo del monitor. Sus dedos se negaban a moverse sobre el teclado, su mente estaba en blanco. El escritor se sentía muy frustrado: el escepticismo le impedía, siquiera, imaginarse una aparición fantasmal y mucho menos una historia de terror. Pero le habían pedido que escribiera un relato sobrenatural; iba a salir publicado en una revista  muy popular, y eso le convenía: era publicidad.

Un ruido proveniente de la cocina interrumpió el curso de sus pensamientos, mejor dicho, el ruido lo distrajo de ese dejar de pensar en el que se encontraba inmerso. Se levantó con desgano y arrastró los pies hasta la cocina: no encontró nada, todo estaba en orden. Pero el ruido había venido de allí. Comenzó una inútil búsqueda, que lo único que logró fue incrementar su mal humor. Regresó a su escritorio y escribió el título del relato: “No creo en los fantasmas”, y se detuvo. Buscando inspiración, intentó enfocarse en aquel sonido sin dueño ni destinatario, pero que tenía que tener alguna explicación lógica. Tal vez algo se había caído en el departamento que estaba en el piso superior al suyo, o tal vez en el piso de abajo. En un edificio de departamentos nunca se puede saber de dónde vienen los sonidos.

En ese momento el ruido se repitió por segunda vez; el escritor se precipitó hacia la cocina. En su carrera, tiró al suelo a una de las sillas del comedor y terminó golpeándose la cara contra la puerta de la cocina. Un momento: él no la había dejado cerrada. Miró detrás de la puerta: nada.  Miró arriba, abajo, a derecha e izquierda: nada de nada. Todo se veía en orden.

Fastidiado, volvió a sentarse ante su computadora y leyó, una vez más, el título de ese cuento aún no nacido: “No creo en los fantasmas”. En la cocina se escuchó el eco de un quejido, pero el escritor esta vez no se movió de su asiento. Se limitó a borrar las tres primeras palabras y luego comenzó a escribir.