jueves, 7 de junio de 2012

Apasionadamente Venus


Ann_Té, con un gesto lúdico, hundió sus dedos en el frasco lleno de salmuera y extrajo una lombriz; se la introdujo en la boca y la saboreó. Sham apartó su vista del panel de navegación y observó a la venusina con disimulo: imaginó el sabor picante de la lombriz diluyéndose en la boca de Ann_Té, imaginó a esos labios amarillos, incitantes, recorriendo su cuerpo y lo inundó una oleada de calor. Las reglas de convivencia intergaláctica le impedían relacionarse con los habitantes de otros mundos, pero la mirada de Ann_Té fija en él era demasiado provocativa para ser eludida. La actitud de la muchacha tenía algo de desafío, un desafío que Sham evitó una vez más. Optó por concentrar su atención en las luminiscentes pantallas en las que se podía apreciar el espacio exterior. Dentro de una semana, cuando arribaran a Anouk XV terminaría su suplicio, no la vería más y podría finalizar una relación que jamás había comenzado.
Un imprevisible viraje de la nave regresó a Sham a la realidad y lo obligó a centrarse en los controles de la computadora madre. Solucionado el problema, Sham volvió a zambullirse en sus pensamientos. Especuló que, tal vez, si Ann_Té accedía a instalarse con él, cuando llegaran a destino renunciaría a su tarea de mecánico y navegador y haría las gestiones para que les asignaran uno de los edificios nuevos, modernos y de exterior impoluto que abundaban en Anouk XV. Allí nadie se iba a inmiscuir en sus hábitos sociales y podría disfrutar, sin culpas, de los placeres de la venusina. Por sus trabajos en la Flota le correspondía una anualidad fija con la que ambos podrían convivir. La próxima vez que ella intentara avanzarlo, se lo diría, estaba casi seguro de obtener una respuesta afirmativa. Después de todo, qué tenía que perder.
Pero cuando la volvió a ver, las palabras de Sham murieron antes de ser pronunciadas: el cuerpo de Ann_Té había cambiado, se notaba más grande, redondeado, informe, parecía que la venusina se encontraba a punto de estallar.
—Desovar —aclaró ella, al adivinar sus pensamientos.
Aunque no lograba entender lo que estaba sucediendo, presa de una irrefrenable excitación, Sham preguntó:
—… ¿y yo puedo acompañarte? Te ayudaría con tus pequeños.
—Por supuesto. Ésa siempre fue mi idea: mis crías necesitan alimento.

Un respetuoso recuerdo

 "Sobre el planeta rojo –que su profecía nos revela como un desierto de vaga
arena azul, con ruinas de ciudades ajedrezadas y ocasos amarillos y antiguos barcos para andar por la arena".
Prólogo de Crónicas marcianas Jorge Luis Borges.


Lo conocí por primera vez, gracias a su libro “Crónicas Marcianas”, uno de los tantos textos que se leían a comienzo de la década del 60 en el programa radial “El Libro leído para usted” emitido en Capital por Radio Nacional. La lectura de sus cuentos me provocaba una peculiar expectativa y esas historias, que me calaron hondo, fueron unas de las responsables de mi inclinación hacia la literatura de ciencia ficción.
Ayer, al enterarme del fallecimiento de Ray Bradbury (1920 – 2012), me quedé sin palabras; hoy le ofrezco mi respetuoso recuerdo al que fue uno de mis primeros de mis maestros.

martes, 29 de mayo de 2012

Cuando los escritores se divierten.


Cuando los escritores se divierten, escriben "cadáveres exquisitos" (cuentos creado por varias manos).
Una muestra del buen resultado del trabajo en equipo, en el que yo también metí mis manotas, es el cuento:
Fantasmas del pasado, escrito por José Luis Velarde, Eduardo Poggi, Esteban Moscarda, Sergio Gaut vel Hartman y por mí.

"Miró la casa, distante unos cincuenta metros, aunque en medio de aquella tenue luz rojiza resultaba arduo apreciar tamaños y dimensiones. La casa parecía construida sobre una plataforma horizontal de mármol negro, ubicada cerca de la cresta de un farallón de piedra caliza. El atardecer menguante añadía tonalidades fantasmagóricas a la perspectiva del hombre fatigado; aunque no dejaba de caminar, la distancia permanecía invariable. Tanto esfuerzo inútil sin permitirme reposo, pensó. Debía llegar antes del oscurecer. Transpiraba pesar del frío húmedo del otoño. Ya casi llegaba: podía oler el aire del mar, presentir el sonido de las olas. Acicateado por sonidos y murmullos, hizo un último esfuerzo por apresurar el paso. No quería enfrentar de noche lo que se escondía en las entrañas de la casa..."

Pueden leer el texto completo en el blog Breves no tan breves,

http://brevesnotanbreves.blogspot.com.ar/2012/05/fantasmas-del-pasado-maria-del-pilar.html

lunes, 14 de mayo de 2012

Minicuentos...





Ayuda inesperada –
Ante el vacío de la página en blanco, el escritor se dijo
"Más vale mouse en mano, que cien ideas sueltas volando".

Confusión
  Cuando llegó al centro del laberinto, el Minotauro ya no estaba allí. Recién entonces, Monterroso comprendió que se había equivocado de cuento.

Ráfagas
   Pensaba tan rápido, que las palabras corrían por la mesa y por las paredes, para ocultarse en los rincones, antes de que pudiera escribirlas.

Testigo
Desorden, destrozos y un oscuro abandono. El único testigo es un espejo roto, que repite en sus fragmentos, imágenes truncas de un cuerpo ensangrentado.

martes, 3 de abril de 2012

Obsesión: receta sencilla para escribir ficciones



Busque una imagen, foto o escena inspiradora y obsérvela de manera fija y atenta. Es probable que una vez que la eligió, ya no le guste; pero le aviso que no hay vuelta atrás. Analícela: lamentablemente las figuras no hablan. Váyase a dormir e intente soñar con ella.
Cuando ni siquiera en estado alfa logre nada, deje de asaltar la heladera, apague la pc y huya de su casa. Practique yoga, relájese para que circule su energía, utilice posturas invertidas para que se le irrigue bien el cerebro, repita el mantra om con toda la potencia de sus pulmones, intente doblar las rodillas, brazos, cuello, y otras partes de su humanidad, pero no demasiado, no sea cosa que se quede duro en el intento. Después olvídese de la condenada ilustración, tome un buen libro y lea cosas como ésta: "La obsesión se construye... sólo se necesita de un acontecimiento que nos altere drásticamente la vida" o "La obsesión nos hace perder el sentido del tiempo, uno confunde pasado con remordimiento" (Prisión perpetua - Ricardo Piglia
Probablemente descubra que algo comienza a fluir dentro de su cerebro. Igual no se confíe, porque aunque todo escritor en ciernes posee una buena dosis de "obsesión", acostumbra a perder el tiempo y los recuerdos del pasado suelen confundírsele. No sea vago, siéntese y escriba antes de que se le escapen las ideas: garrapatee algo, cualquier cosa, y si no se le ocurre nada, por lo menos invéntese una receta sencilla para escribir ficciones.

martes, 27 de marzo de 2012

Perfección fugaz



La solipsita se sentía única, hermosa, perfecta, irrepetible: la responsabilidad de la existencia del universo, el girar de las esferas, el curso de los vientos, el flujo de las mareas, todo dependía de ella, o eso creía, al menos. El Guardián temió por la supervivencia de las especies y resolvió enfrentarla a la prueba suprema: los espejos.
La solipsita se vio, a sí misma, repetida en cien imágenes. Los puños cerrados golpearon los espejos, una y otra vez, hasta romperlos. Cuando la sangre manchó los fragmentos de cientos de solipsitas, la criatura lloró por primera vez en su vida.


Publicado en el blog: http://quimicamenteimpuro.blogspot.com.ar/

jueves, 19 de enero de 2012

Chiaroscuro



Recién amanecía: era demasiado tarde para irse a dormir y demasiado temprano para ponerse a llorar. La vida te curte, te endurece, incluso puede embrutecerte pero Julián, después de que encontró un niño, envuelto en ese trapo hediondo, durmiendo en un oscuro zaguán, solo deseó salir corriendo. Contrasentidos, contradicciones, el blanco y el negro, el yin y el yang: adentro, el lujo dispendioso y platos con restos de comida, apilados en la cocina. Afuera, la mugre y la vida miserable de los linyeras.

Julián caminó. Caminó por las calles vacías de una ciudad adormilada. Recordó a Amanda y a Carlos, a Luisa y a Jorge y a su soledad de hombre sin pareja estable: los muchos amigos no remplazan al amor. A cierta altura de la noche, después de los brindis y los saludos efusivos, la bebida le había soltado la lengua y por un rato que se le hizo eterno logró experimentar el efímero placer de la venganza. Les dijo a todos y a cada uno lo que pensaba de ellos. Pero nadie se molestó, al contrario, todos reían, festejando lo que llamaron su “peculiar sentido del humor, entre negro y sórdido”. Sus risas lo enardecían más y más, malditos sean todos, pensaba mientras redoblaba la apuesta y arremetía con cizaña destacando los defectos, fallas y vicios de sus amigos. A Amanda, de tanto llorar se le había corrido el rímel, Carlos cabeceaba adormecido, indiferente a los epítetos de “gordo inútil y obsoleto” y “fracasado pelafustán” con que lo describía. Jorge —la copa siempre llena— disfrutaba de la escena como si nada de lo que Julián decía pudiera afectarlo. Solo Luisa, después de las primeras carcajadas, había caído en el silencio, observándolo con sus enormes ojos muy abiertos, como quien contempla a un loco. ¿Loco?, si tal vez lo estuviera, pero los locos, por lo menos, pueden decir impunemente lo que piensan, con la tranquilidad de que nadie se va a ofender, porque están locos. Además, era muy probable que cuando despertaran solo tendrían un recuero ambiguo de esa fiesta de fin de año.

Un sabor acre le subió a la boca y en su garganta nació una arcada. Julián se acercó al cordón de la vereda y vomitó; un fuerte efluvio de alcohol se desprendía del lechoso líquido rojizo con el que enchastró la vereda y su camisa. Se apoyó en un árbol y respiró hondo: se sentía mejor, pero no lo suficiente. Debía regresar; subiría a su auto, se recostaría en el asiento trasero y dormiría hasta que ese odio por la humanidad que le había despertado la borrachera se diluyera una vez más, mutándose en la habitual plácida complacencia. Pero antes haría algo, pensó, porque si el mundo se hunde irremediablemente en la indiferencia, es hora de despertar. Trastabillando y luchando contra el mareo que quería ganarle la partida deshizo las pocas cuadras que había caminado y regresó al punto de partida. En el zaguán, el niño abandonado todavía dormía. Julián buscó la billetera y sacó algo de dinero y se quedó ahí, con el dinero en la mano, mirando al chico. Se lo pondría debajo de la campera que usaba de almohada, subiría a su automóvil y chau. Pero no pudo, la náusea y el mareo fueron más fuertes. Se apoyó en un poste y volvió a vomitar: fue sólo líquido y ese olor pestilente a alcohol. No bebería más, a partir de ese nuevo año no bebería más.

Usó la alarma del automóvil para encontrarlo, con un poco de trabajo logró embocar la llave en la cerradura de la portezuela. Adentro, en el bolsillo de la puerta delantera encontró la botella de agua mineral, bebió un largo trago, se sentó en el asiento y cerró los ojos. Lo envolvió el sopor y su cabeza se deslizó hacia atrás.

Lo despertó un rayo de sol y el insistente gorjeo de los pájaros. La ciudad aún dormía. Bebió más agua y se mojó la cara. Miró el zaguán: el niño seguía allí. Sí, estaba loco, lo sabía, también sabía que se iba a arrepentir, pero se bajó del auto y avanzó hacia el chico. Lo alzó con trapo y todo, y lo acostó en el asiento trasero; después, cerró las puertas de su vehículo, encendió el motor y se alejó.


publicado en: http://brevesnotanbreves.blogspot.com/