Abrí la puerta y crucé el tablero de ajedrez. Entré al bosque. Había
muchos senderos y ninguno llegaba a ninguna parte. Entonces
apareció el gato, con su enorme sonrisa perversa.
—¿Adónde vas, niña?
—Ya no soy una niña.
—Mírate en el espejo.
En el reflejo yo sólo tenía diez años, y mi largo cabello peinado en
dos trenzas. Suspiré feliz. El gato se acababa de convertir en rey, y
se acercaba a mí. Le sonreí. Recién en el último momento noté sus
dientes filosos sobre mi cuello.
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