sábado, 25 de junio de 2011

Perdidos en Imboc


Tamara miró por la ventana, era temprano y la niebla se notaba muy densa. Había aceptado esa misión, porque la paga le significaba una pequeña fortuna, pero Venus no es un lugar muy tentador como para pasar allí unas vacaciones. Además, lo que tenían que hacer no era un chiste: averiguar lo que había sucedido en Imboc. Uno a uno, los primeros exploradores habían desaparecido sin dejar rastros.
Tamara se vistió con el traje térmico y salió.
La luz del sol traspasaba la niebla, tiñendo todo con los colores del arco iris. Podía decirse que el paisaje era hermoso. Sin embargo, al contemplar la media docena de construcciones que se alzaban en medio de esa inmensidad solitaria, la recorrió un escalofrío. En el campamento no se escuchaba ningún ruido. Sus compañeros aún dormían. Comenzó a caminar, necesitaba estirar un poco las piernas. Un movimiento la sobresaltó, una pequeña criatura había salido de un matorral y la contemplaba fijamente. La mujer y el animal permanecieron quietos por un segundo, luego la bestezuela huyó. Aunque la niebla le entorpecía la visión, Tamara trató de alcanzarla. Sin embargo, unos metros más adelante, una roca le hizo perder el equilibrio y comenzó a rodar por la pendiente. Intentó incorporarse, pero —sin que pudiera hacer nada para evitarlo— se cayó a una oquedad de consistencia esponjosa, que la succionó inexorablemente.
Abajo, una multitud de diminutos seres, zumbando como si fueran un enjambre de abejas, saltaron sobre ella y, a pesar de su resistencia, la inmovilizaron. El que parecía ser el líder, con una sonrisa en su rostro verdoso, se le acercó.
—Bienvenida a nuestra mesa, te damos las gracias por haber llegado, para que nunca nos falte el alimento.
Fue lo último que escuchó. Luego, cientos de minúsculos cuchillos se clavaron en ella.


publicado en http://brevesnotanbreves.blogspot.com/

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